Un regalo original para alguien que juega al ajedrez casi nunca es otro tablero: es algo que no tiene y que no se consigue en cualquier tienda. Una clase con un gran maestro, un maestro que le conteste las dudas de sus propias partidas, un curso sobre el jugador que admira o su mejor partida enmarcada son regalos que se recuerdan, porque están pensados para esa persona.
Abajo van las ideas agrupadas por lo que dan —una experiencia, algo hecho a medida, algo para jugar mejor— y, al final, cómo entregarlas para que el momento también sorprenda. Si lo que buscás es lo clásico, como un tablero, un reloj o un libro, está la guía por nivel de qué regalarle a alguien que juega al ajedrez.
Por qué otro tablero no sorprende
Cuando alguien busca un regalo de ajedrez, casi todo lo que aparece son objetos: tableros de diseño, tazas, remeras con un caballo, piezas de metal para la repisa. Pueden estar bien para alguien a quien el ajedrez le gusta de lejos, pero quien juega de verdad ya tiene con qué jugar, y lo que tiene casi siempre lo eligió con cuidado.
Lo que casi nunca tiene es tiempo con alguien que sepa mucho más, una respuesta sobre la partida que perdió la semana pasada o la historia de su jugador favorito contada desde adentro. Ahí está lo original: en regalar algo que esa persona no se compraría, o que ni se le ocurriría que se puede comprar.
Una regla sirve para todo lo que sigue: cuanto más personal, más original. Un curso cualquiera es un buen regalo; un curso sobre el jugador al que imita en sus partidas es un regalo que muestra que pensaste en esa persona.
Una experiencia con un maestro
Una clase con un gran maestro
Pocos aficionados tuvieron alguna vez una hora entera con un gran maestro mirando sus partidas. Es el tipo de regalo que no se olvida: el maestro le pregunta cómo piensa, revisa una partida suya y le muestra dos o tres cosas que va a usar durante años.
Hoy esas clases se dan por videollamada, así que la distancia no importa. En clases online hay grandes maestros y maestros internacionales que enseñan a todos los niveles, y en cómo elegir un entrenador de ajedrez está qué mirar antes de decidir. Conviene regalar varias clases y no una sola: la primera sirve para conocerse, y desde la segunda se trabaja sobre lo que de verdad le cuesta.
Regalarlas tiene una ventaja más: no hace falta adivinar horarios. Vos elegís el profesor, la duración y cuántas clases son, y la otra persona agenda cada una cuando le queda bien.
Un gran maestro que le conteste sus dudas
Quien estudia ajedrez por su cuenta acumula preguntas sin respuesta: una jugada de una partida comentada que no entiende, una partida propia que perdió sin saber dónde. Hay planes de cursos que incluyen justamente eso. Con Preguntale al GM, se para en cualquier jugada de una lección, escribe su duda —o prueba su propia línea moviendo las piezas— y un gran maestro le contesta con una variante para recorrer en el tablero. También puede mandar sus propias partidas.
Es un regalo raro en el mejor sentido: casi ningún aficionado tiene a quién preguntarle, y lo va a usar cada vez que algo no le cierre.
Una clase en vivo con otros jugadores
Para quien disfruta del ajedrez como algo social, una clase en vivo es muy distinta de una lección grabada: un maestro explica en el momento, otros jugadores preguntan y la clase se arma entre todos. Algunos planes incluyen clases grupales en vivo, y también se puede regalar un lugar en un curso en vivo, con su fecha de inicio y sus encuentros.
Algo hecho para esa persona
Un curso sobre el jugador que admira
Casi todo jugador tiene un ídolo, y suele notarse en cómo juega. A quien vive sacrificando piezas seguramente le guste Mijail Tal, campeón del mundo en 1960 y uno de los atacantes más célebres de la historia (por qué, está en su historia). Para esa persona, El legado de Tal recorre sus ideas más audaces para atacar, sacrificar y crear complicaciones sin perder el control de la posición.
Hay un regalo todavía más raro: que las partidas se las explique quien las jugó. En Creatividad y cálculo con Alexei Shirov, el propio Shirov analiza dos de sus mejores partidas y su célebre final ante Veselin Topalov. Para un aficionado al ajedrez de ataque es como recibir una clase del autor de su libro favorito.
Si no sabés a quién admira, preguntale como al pasar cuál es la partida más linda que vio. La respuesta casi siempre trae un nombre.
Su mejor partida, enmarcada
Este regalo no se compra hecho, y por eso es de los más originales. Averiguá —con disimulo, o con alguien de su club— cuál de sus partidas le gusta más y hacela imprimir: el diagrama de la posición decisiva, las jugadas anotadas abajo, la fecha y el nombre del rival. Enmarcada, es un cuadro que cuenta algo que vivió solo esa persona.
Si no tiene una partida propia que quiera ver colgada, una famosa también funciona. La más conocida de todas es la Partida Inmortal, que Adolf Anderssen le ganó a Lionel Kieseritzky en Londres en 1851 entregando las dos torres, un alfil y la dama. Cualquier jugador la reconoce.
Si igual querés un objeto, que sea personal
Si preferís algo para desenvolver, que lleve su marca: piezas o un tablero grabados con su nombre, una libreta para anotar partidas con sus iniciales, un reloj con una dedicatoria. Lo original no es el objeto, sino que esté hecho para esa persona.
Algo para jugar mejor todo el año
Meses de abono a una plataforma de cursos
Para quien quiere mejorar y vos no sabés qué estudia, unos meses de abono resuelven la duda: le das acceso al catálogo entero y elige lo que le sirve en cada momento, sea una apertura, los finales o el cálculo. No ocupa lugar, se usa todas las semanas y, según el plan, suma las clases en vivo y la posibilidad de preguntarle a un gran maestro.
La inscripción a un torneo, o una simultánea
Si juega solo con amigos o en el celular, pagarle la inscripción de un torneo de su ciudad es un regalo con historia: la primera vez que juega con reloj, contra desconocidos y anotando la partida. Si ya compite, una simultánea contra un maestro —en muchos clubes se organizan cada tanto— le da algo que no se repite: jugarle a un maestro que reparte su atención entre veinte tableros, y tal vez sacarle unas tablas.
Para quien siempre quiso aprender
No hace falta que juegue para que el ajedrez sea un buen regalo. Si alguna vez dijo «algún día tengo que aprender», unas clases para empezar desde cero son de los regalos más originales que existen: no regalás un objeto, regalás una habilidad nueva.
Para un adulto, lo que más rinde es un profesor: en pocas clases se pasa de mover las piezas a jugar con un plan. Si duda de si está a tiempo, nunca es tarde para aprender ajedrez. Y si es un chico, que el profesor sepa enseñar a chicos importa más que cualquier otra cosa.
Cómo entregarlo para que también sea original
Un regalo online tiene una ventaja que un paquete no tiene: se puede dar de muchas maneras. Se puede regalar un curso, clases con un maestro o meses de abono y después:
- Elegir el día. Le llega un correo con tu mensaje el día que elijas —su cumpleaños, por ejemplo—, aunque estés de viaje o viva en otro país.
- Dárselo en mano. Te queda un código para imprimir: escondido en la caja de sus piezas o adentro de un libro de ajedrez, abrirlo es parte de la sorpresa.
- Escribir por qué. «Para que por fin le ganes al abuelo», «para tu próximo torneo», «para que me enseñes a mí»: el mensaje es la mitad del regalo.
Tres detalles que suelen preocupar a quien regala: quien lo recibe no necesita tener una cuenta, tiene un año para abrirlo y lo que trae empieza a contar recién el día que lo abre.
Lo que conviene evitar
- Lo decorativo para quien juega en serio. Piezas de vidrio o con formas raras quedan bien en una repisa y mal en una partida.
- Adivinar el tema. Un curso de una apertura que no juega es un error. Si no sabés qué estudia, mejor clases o meses de abono, que dejan elegir a quien lo recibe.
- Lo que exige un nivel que no tiene. Un tratado avanzado para quien recién empieza no se abre nunca, y deja la sensación de que el ajedrez es más difícil de lo que es.
Al final, lo original no es el precio ni el tamaño del paquete: es demostrar que pensaste en cómo juega la otra persona. Con eso, cualquiera de estas ideas sorprende.